Hechos, datos y personajes para la historia de un pueblo nuevo

 

Por Andrés Mariño Sanmartín

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EL PRIMER CENSO

        Transcurridos los primeros diez años del siglo XX, Curtis no se parece en nada al aspecto que presentaba en los años siguientes a la inauguración del ferrocarril, años en los que se podían contemplar la estación, los almacenes destinados a mercancías y media docena de casitas de planta baja y mala construcción, que los pioneros del pueblo edificaran en terrenos colindantes con la explanada. Según transcurren los años, el núcleo se estira a lo largo de la carretera, y los edificios se van levantando de forma continua.

        Por la margen derecha, con algún solar de por medio, se hallan la vivienda de Barranqueiro, las casas de Ignacio Martínez, una de ellas dedicada a fonda y que linda con el camino que conduce al paso a nivel del ferrocarril. Cruzado este camino, levantaría una casa Raimundo Valledepaz, emigrante en Nueva York, siendo más conocido este edificio por el nombre del negocio que regentaba su padre, el «café de Lucas», que consta de bajo, en el que despacha vinos y café, y primer piso, en el que se dedica una habitación a rudimentaria clínica donde el propio Lucas realiza la extracción de muelas. A partir de este punto, se alternan solares y edificios de planta baja, destinados algunos de ellos como almacén para las mercancías llegadas por ferrocarril. Estos almacenes en el año 1910 llegaban al punto donde más tarde parte el camino para Payorrodríguez.

        Del otro margen de la carretera acontece lo mismo, aunque el inicio de la línea de casas comienza antes, con las casitas antiguas de planta baja circundantes a la explanada, estando destinada como almacén de sal la que hace esquina con el inicio de la carretera; a continuación, ya en la carretera, las casas de Alonso Piñeiro, una de reciente construcción con flamante galería, y más arriba la dedicada a taberna, a la altura del número 21 de la actual calle principal; en estos años también edifican en este margen Domingo Rodríguez González y Ricardo Vázquez Núñez. Pasado el campo de la feria comienzan a levantarse otras, todas siguiendo el mismo estilo de bajo y una planta con galería de madera, sostenida ésta con columnas de piedra o de hierro, lo que da lugar a un porche en el que los días feriados los vendedores ofrecen su mercancía, al tiempo que sirve tanto para guarecerse de la lluvia como para tomar el fresco los días de verano, y que a su vez es aprovechado por las numerosas golondrinas para hacer sus nidos entre las vigas.

        En la última por esta hilera vive Benigno Terrón, casa que luego habitaría Joaquín Sande, «Xaquín o zapateiro». Terrón construye en estos años casa propia al otro lado de la vía pública y frente a una entrada al campo de la feria, también dotada de galería sostenida con columna de hierro.

        El censo oficial de estas fechas cifra en más de doscientas las personas que residen en el núcleo, lo que representa unas cincuenta familias que tienen su fuente de ingresos en el trabajo que la estación genera, o bien a través de las ferias, lo que hace de Curtis un pueblo de comerciantes y servicios.

        Por la estación arriba mercancía no sólo para la localidad, sino para Melide, Arzúa, Órdenes y Santiago. Harinas, cemento, sal a granel y patatas de siembra se reciben en grandes cantidades para toda la comarca, lo que genera trabajo para varias personas, bien en la descarga o en los almacenes antes referidos, en los que se guarda la mercancía hasta que acuden los destinatarios a retirarlos en carruajes de mulas o carros del país.

        Pedro de Rosende continúa con su línea de diligencias para transportar a numerosos viajeros con destino a Santiago, muchos de ellos estudiantes de Lugo. En algunos viajes, el número de pasajeros obliga a que más de uno tenga que apearse llegando al alto de A Tarroeira, para evitar esfuerzo a los caballos, a los que a la entrada de Santiago, por la calle de la Virgen de la Cerca, Rosende obliga a dar el máximo esfuerzo. Algún día su hermano Paco, temeroso de sufrir un percance, recrimina esta acción, a lo que Pedro Rosende responde:

    -Cala Paco, que hai que dar sensación de velocidade.

        Más tarde, Rosende amplía el servicio con una línea entre Arzúa y Melide, lo que supone empleo para las personas que atienden este servicio, así como los encargados de las caballerías, con cuadras para los animales de refresco, con los que se reemplazan a los que llegan tirando de las diligencias desde Santiago.

        Por la estación también se procede a la exportación de maderas, sobre todo traviesas, y al embarque de ganado caballar para el centro de la península.

        Las ferias representan otra de las fuentes de ingresos importantes. Ganaderos de la comarca acuden desde la fundación de los días feriados, y en estos años comienzan a frecuentarlas otros del resto de España.

        Entre los primeros ganaderos en acudir a las ferias de Curtis figura Andrés Mariño López, vecino de Boente (Arzúa), que se dedica a la compra de mulas por una amplia comarca, que abarca desde Monterroso hasta la villa pontevedresa de A Estrada. La víspera de cada feria, llega a Curtis con buen número de cabezas. Se hospeda en la «fonda de Martínez», compra algunas reses y al día siguiente las envía por ferrocarril a Benavente, Astorga y La Bañeza donde son empleadas para trabajar los campos de trigo.

 

        Los primeros años viene solo, pero luego lo acompañan sus hijos; hace años, uno de ellos, Daniel Mariño, me preguntaba por el hijo de Martínez (Eugenio). Al comunicarle que había muerto, frunció el ceño y comentó:

    -Lo siento de veras. Siendo niños nos enzarzamos en una gran pelea en el camino del paso a nivel, y tenía ganas de preguntarle si recordaba los motivos que nos llevó a ello.

        La feria de Curtis pronto goza de fama por España adelante y a ella acude José Ríos Moros, vecino de Calatayud, que crea una red para la compra de quesos y huevos mercancía que envía a Barcelona. Este hombre se encariña con Curtis y termina casándose con la hija de «la señora Juliana», dueña de una tienda que existe en las casitas de la estación. Años más tarde, José Ríos toma en traspaso la fonda de Ignacio Martínez, por lo que el establecimiento se conoce desde entonces por el apodo del nuevo titular: la «fonda del Aragonés».

        En lo relativo al aspecto religioso, las bodas y bautizos tienen que celebrarse en la iglesia de A I1lana o bien en la parroquia de Santa María de Fisteus, a la cual pertenece Bodeus; las misas dominicales, no obstante tienen lugar en Curtis Estación, en una capilla levantada en terrenos donados por Benito Seoane Paredes, cuya fecha de edificación es difícil de precisar y que la tradición sitúa sobre el año 1883, cuando se inaugura el ferrocarril; también se afirma que las obras llevadas a cabo para edificar dicha capilla fueron dirigidas por un ingeniero francés, técnico en la construcción del ferrocarril, y al que le había fallecido un hijo en la excavación del túnel de A Tieira y cuyos restos reposan en el cementerio parroquial de Cabruy.

        Este ingeniero influiría en el momento de poner la capilla bajo la advocación de un santo y se eligió como patrona a la Virgen de Lourdes.

        Al no existir libros parroquiales en esta capilla, tampoco se puede precisar la fecha en la que se inicia la celebración de las fiestas patronales, aunque podía establecerse en la primera década de este siglo, según los testimonios recabados a personas de avanzada edad.

        Sin embargo, en los libros parroquiales de Santa María de Fisteus sí consta un entierro que tiene lugar el día 12 de abril de 1911 en los terrenos destinados a camposanto colindantes con la capilla de Nuestra Señora de Lourdes.

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