Ramón Fandiño, también conocido por Ramón das Longas, es un personaje popular en el Curtis de los años 1940-60. Transcurre su infancia en la próxima aldea de Mende, donde un serio accidente le deja como secuela una pronunciado cojera que le obliga a caminar apoyado a una  fuerte y larga vara, por lo que su figura tranqueante resulta inconfundible en su transitar hacia la casita en la que vive , situada en La Raia. Se gana la vida como "zoqueiro" y cuando el trabajo escasea hace labores  "o xornal", en diversas casas. Su popularidad, sin embargo, no viene dada por la destreza que despliega en la elaboración del típico calzado rural ni por el esmerado cuidado que pone en el arreglo las huertas del pueblo, sino por ser poseedor de buen apetito que le faculta para ingerir gran cantidad de alimentos y aceptar apuestas e invitaciones cuando de por medio hay una buena comida y mucho mejor si es regada por unos cuantos "netos de viño".

    Cuando tiene invitados en su pequeña casita es feliz si observa que la abundancia preside la mesa, aunque las primeras previsiones siempre se ven mermadas por su afición a probar los alimentos, dado que gusta de comprobar personalmente si la condimentación es acertada. Tal le ocurre en una fiesta del pueblo, fechas por las que se acerca a la panadería de El Empalme con cinco pollos bien cebados y requiere de la señora Dolores la elaboración de dos empanadas. En el establecimiento aconsejan a Ramón asar tres pollos y con los restantes hacer las empanadas, sugerencia que acepta y marcha convencido del nuevo menú. Retorna el día anterior a la fiesta a retirar el encargo pero el bueno de Ramón queda prendado del olor que despiden los alimentos nada más encarar la puerta del establecimiento, por lo que decide probar "in situ" si aroma y aspecto se corresponde con sabor. En la misma panadería toma asiento y se merienda un pollo y una empanada mientras hace elogiosos comentarios de la cocinera.

    Ramón vive solo y acostumbra a decir en alta voz lo que piensa, con tal que parece conversar consigo mismo: "Ramón fai esto, Ramon fai aquelo", dando la impresión que Ramón dialoga con su propia sombra, y en el caso que pasamos a relatar , el visitante  puede deducir, al escuchar sus comentarios, que los preparativos de una buena comida bullen en su cabeza:

     -Ramón, hai que matar á cabra para a festa de Lourdes.

    Desde hace años posee Ramón una vieja cabra, ya familiar a los vecinos que por las tardes contemplan el descompasado paso de Ramón, con la cuerda que tira del animal en una mano, en busca de un lugar donde sujetarlo después de comprobar que en la zona elegida se encuentran las mejores hierbas y las silvas más vizosas. En realidad la propiedad de la cabra es compartida por Ramón y su vecino O Lagoeiro, con el que llega a un acuerdo para el sacrificio  de la res.

    Dotada de buena cornamenta, con carnes duras y enjutas, fruto del mucho ejercicio en su trepar una y otra vez por los balados en busca de las hojas más tiernas de las zarzas, es tan vieja que nadie recuerda cuando parió el ultimo cabritillo. Conocedor de la circunstancia, Ramón hace un buen adobo a la media canal que le toca en el reparto y se provisiona de gran cantidad de leña, pues supone que carne tan vieja necesita varias horas de cocción. Llegado el día grande, muy temprano prepara un buen fuego, coloca el pote conteniendo toda la carne y atiza la lumbre durante largo tiempo, hasta que las ansias por probar el asado suponen para el cocinero tal tormento, que, sin más contemplaciones, echa mano a un buen trozo que lleva ansioso a la boca, aunque le resulta imposible de masticar dada su dureza. Pensativo y con entrecejo arrugado, afirma solemne:

     -Ramón, inda está moi dura e mesmo parece que lle falte algo de sal .

    Pasan los minutos y vuelve a saborear trozo a trozo una y otra vez, tratando de darle el punto exacto al asado. Ora es la sal, luego un chorrito de vino blanco y más tarde una pizca de cualquier condimento; toda disculpa es valida si al fin se tiene una porción de carne en la boca al tiempo que procura regarlo con el consabido "neto" de vino. A media mañana, ya bien alimentado, Ramón medita profundamente y se convence de que al asado le falta es tiempo en la lumbre, por lo que decide avivar el fuego y echar un sueñecito en el banco próximo a la lareira, en tanto el asado sigue su curso.

    Ya cercana la hora del xantar despierta Ramón y de nuevo comienza el ceremonial tratando de poner punto final al potaje por lo que varios trozos de carne son degustados parsimoniosamente, al tiempo que sentencia:

     -Penso Ramón que  con un pouco máis de lume esto queda axeitado.

    A pesar de tal afirmación, el paladar de "o das Longas" aún sometería repetidamente a duro examen el sazonado de la olla hasta que llegada la hora de la comida, un vecino, sabedor de las costumbres de O zoqueiro, se asoma a la puerta y pregunta:

    -Ei Ramón,¿ e quédache moita cabra?

    El cocinero, tenedor en ristre, vuelve la mirada entre sorprendida y pícara, al tiempo que busca en el interior del pote.

    -Home, moito non, pero se queres, inda hai dous oso da costela e a puntiña do rabo.

Andrés Mariño Sanmartín.

Curtis, Virando no tempo

 

 

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