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En todos los pueblos siempre hubo personajes curiosos, aspecto que en Curtis fue más notorio en la década de los años cincuenta, quizás coincidiendo con un deambular de personas con pequeñas taras que, tras la guerra, no hallaron en su lugar de origen las condiciones de vida que disfrutaban antes del conflicto bélico.
Un buen día por aquellas datas recaló en Curtis uno de esos personajes. Nadie recuerda su procedencia ni nadie supo jamás algo sobre su familia. Limitándose a decir que se llamaba José, cubría la cabeza con un gorro cuartelero del que pendía la clásica borla y lucía en la solapa de la vieja chaqueta una condecoración por méritos de guerra. Narraba de forma incoherente alguna historia bélica y se golpeaba la cabeza diciendo que la tenía llena de metralla. Por su acento se deducía que era castellano y en poco tiempo fue muy popular y conocido como Joselillo.
En los primeros años de su estancia era servicial, limpio y educado y varias familias le facilitaban alimentación y un lugar para dormir, destacándose en este aspecto la de Jesús Novo. Acostumbraba a besar repetidamente la mano tanto a niños como a viejos en señal de agradecimiento, al tiempo que hacía grandes reverencias y gustaba en las fiestas que la chicas diesen con él unos pasos de baile. Había declarado a Curtis como su pueblo y no consentía que vagabundos y pordioseros campasen a sus anchas, ensañándose con un mendigo conocido como "O vello baboso", un pobre hombre que falleció tras haber sido obligado por un teniente de la Guardia Civil a soportar, en un día de invierno, un tremendo baño bajo el chorro de agua del surtidor que llenaba las calderas de las máquinas del tren.
Con el paso de los años, Joselillo se hizo pícaro y malicioso, ausentándose del pueblo en períodos cada vez más largos. Arrastrando una pierna cuando lo creía conveniente y balbuceando cuatro palabras, se dedicó a pedir limosna por Betanzos y otras localidades cercanas. Más tarde inició un peregrinaje por otras comunidades, observándolo un vecino curtiense en una calle de Bilbao, encarnando la figura de un auténtico tartamudo, cojo y ciego. Al regreso de cada uno de estos viajes y durante dos o tres días continuaba representando su particular obra teatral, en tanto no se cercioraba que de nuevo se hallaba en Curtis.
Un buen día, Joselillo tomó asiento en un tren con dirección a Madrid y desde aquella fecha, en Curtis, se desconoce el destino final de este personaje del que se conserva una fotografía en cuyo dorso figura escrito de su puño y letra: "José Padilla Recio, natural de Puertollano (Ciudad Real).
Andrés Mariño Sanmartín.
Curtis, Virando no tempo