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"Andan os ladrós detras dos que rouban", era una frase frecuente en el Curtis de los difíciles años transcurridos desde el final de la guerra civil hasta el inicio de la década de los sesenta. En la mayoría de las casas non había un peso, lo que obligaba a la juventud a ingeniarse la manera de conseguir algún dinero con el que saldar sus gastos de diversión y esparcimiento. La estación del ferrocarril constituía el campo de acción de muchos jóvenes que, con pequeños hurtos, conseguían las pesetas necesarias para un buen fin de semana, a pesar de contar el recinto con un servicio permanente de vigilancia. Burlar a los guardias jurados y conseguir las piezas necesarias para su posterior venta, constituía un juego y una aventura en busca de los más difícil. Lograr una buena polea, necesitaba de gran rapidez, conocimiento del tren y aprovechar las horas nocturnas y el vapor de las calderas para llegar hasta la dinamo que subministraba energía eléctrica al convoy. Con una bien afiliada cuchilla, se procedía a asentar un corte a la polea para, a continuación, salir corriendo y esperar agazapados en el terraplén a que el tren iniciase su andadura en dirección a La Coruña. Cuando el maquinista hacía sonar el pitido a su entrada en el túnel de A Raia , y comenzaban las quejas de los viajeros por la falta de luz en los vagones, la polea ya se había desprendido y yacía tendida entre los raíles esperando a ser recogida.
Más frecuente, y casi de iniciados, resulta el procurarse las cadenas de seguridad que unían los vagones estacionados en alguna vía y llevarlas de inmediato a manos de un ferreiro, quien las transformaba en buenas ferraduras para las numerosas mulas y caballos con los que contaba la cabaña curtiense.
La necesidad de carbón, en una época en la que la mayoría de las casas estaban dotadas de cocina económica, generaba un comercio clandestino en torno a los miles de kilos transportados por los trenes para alimentar sus calderas. Los más osados, aprovechaban la escasa velocidad de arranque para subirse al vagón de almacenamiento, apropiarse de alguna briqueta y arrojarla al terraplén, procurando eludir las iras y golpes del fogonero y descender en marcha sin ser arrolladas por las ruedas del convoy.
Otras acciones sobrepasaban el límite de la clásica aventura juvenil y el pequeño hurto y requerían unos contactos previos con algún empleado de los ferrocarriles que les facilitase el poder cargar un carro de bueyes, aprovechado la oscuridad de la noche. El discurrir de la noche también era aprovechado por algún grupo para realizar operaciones más espectaculares: El vagón cargado de carbón era estacionado en un lugar que resultase de fácil visión para los guardias jurados, lo que obligaba a moverlo algunos metros para conseguir pasar desapercibido el movimiento de personas en su entorno. Agazapados contra sus ruedas y provistas de palanquetas, iniciaban la tarea de desplazar el vagón hasta el lugar adecuado, realizar la descarga, y volver el vagón a su lugar de origen.
Estas operaciones de semi-profesionales no pasaban desapercibidas a los muchachos que merodeaban por la estación y que hacían un seguimiento de la mercancía hasta su almacenamiento en la casa del cliente. Una vez que los primeros consideraban el carbón a buen recaudo y se alejaban del lugar comenzaban su acción y hacían acopio de parte del mineral almacenando en tanto alguno susurraba "andan os ladrós detrás dos que rouban". Su atrevimiento les llevaba a revender el mismo carbón a quien se lo habían sustraído días antes.
Andrés Mariño Sanmartín.
Curtis, Virando no tempo