Rostros si ojos y sin voz, pero que ven y que hablan el lenguaje del corazón.
NAJIB. Un cambio en mi pensar
Me gustaría explicar una historia que empezara como todas aquellas bonitas narraciones de cuando éramos pequeños en las que se decía… “había una vez en un bonito lugar un príncipe”… sin embargo, la mía no tiene tan buen comienzo, y dice así… “había una vez en uno de tantos hospitales de un lugar cualquiera un pequeño niño árabe muy enfermo…”
De cómo era su mirada, su sonrisa, su inocencia infantil y sus ganas de vivir hablaré más adelante, antes de nada quisiera explicar si es posible poder transmitirlo con palabras cómo nos conocimos, y digo con palabras porque los sentimientos, el afecto, todos los adjetivos posibles que hacen referencia a la comprensión, el cariño y la necesidad de ayudarnos mutuamente, no se puede verbalizar, sólo sentir.
Todos en general a lo largo de nuestra vida, vivimos a diario situaciones malas y buenas, uno nunca sabe o nunca puede imaginar cuando lo “malo” hasta cierto punto lo es, o quizás lo bueno lo sea realmente.
En mi corta vida profesional como enfermera, puedo considerarme satisfecha por todas las situaciones que he pasado hasta el momento, unas han sido buenas, y otras no lo han sido tanto, pero como de todo se aprende en esta vida por fortuna o por desgracia y más que nada en nuestra profesión, las malas dejémoslas como experiencias y como muescas en el camino y las buenas, esas vivencias buenas, son las que deben perdurar y las que merecen ser contadas para seguir aprendiendo; la mía tiene un nombre “Najih”.
La forma en que le conocí, fue por una de aquellas casualidades en las que me encontraba realizando unas prácticas voluntarias en un hospital infantil, ya que durante la carrera había tratado la mayoría del tiempo con adultos, y quería vencer el tópico de que “los niños son como los adultos, pero en pequeño”, ¡Me alegro de comprobar que no es cierto! Si no… ¡Qué aburrida sería la existencia, si todos fuésemos iguales” ¿NO?.Hacía unos meses que había finalizado la carrera y coincidió por aquellos entonces que se emitía por televisión la serie “Urgencias”, esa típica serie a la cual la factoría de Hollywood nos tiene acostumbrados en la que atractivos y eficientes médicos trabajan a diario con guapas y competentes enfermeras de uniforme rosa que nunca se equivocan y que si el cirujano se descuida operan ellas mismas con los ojos cerrados. Pues bien, a parte de que mi mente por sí sola ha estado siempre llena de una dosis importante de fantasía, yo quería parecerme a ellas, quería ser capaz de cargar en una jeringa los tres miligramos de adrenalina más los cuatro de atropina, y si era posible cuarenta fármacos a la vez, mientras desfibrilaba al enfermo que se estaba parando y todo el mundo me felicitaba porque le había salvado la vida. Quizá lo he exagerado un poco, pero me gustaría dar a entender de que forma un personaje tan pequeño como Najib, hizo que descendiera de las nubes y pisara tierra.
Aquel día, una enfermera de la unidad de neonatos me estaba enseñando los distintos apartados de la unidad y a la vez me explicaba las patologías de algunos niños con su medicación específica.
Mientras estaba de pie escuchando sus explicaciones, al ser un espacio algo reducido, noté como si algo o alguien me tocara la espalda; al girarme pude observar un pequeño cuerpo en el fondo de una cuna que con sus manos hacía fuerza para poder salir de ella. ¡No saltes Najib que enseguida venimos a darte tu comida! se escuchó una voz de fondo.
Al preguntarle a la enfermera qué le ocurría al pequeño, me comentó que tenía un angioma de laringe y que sus abuelos habían decidido traerle desde Marruecos con el poco dinero que tenían, debido a que, en su país, les dijeron que moriría sin una intervención quirúrgica que allí no podían realizarle.
Tras volver a mirar a Najib, tuve una sensación extraña, algunos sentimientos deberían escribirse con mayúsculas al igual que algunas emociones, que penetran en nuestro interior, del mismo modo que quizá alguna vez el alma llegue a salir del cuerpo.
Ese sentir en un determinado momento se manifiesta en forma de chispa, de olor o quizá de sabor. ¡Qué maravilloso bienestar cuando ves a alguien y sabes que quieres y debes ayudarle, y que ese alguien está deseando y espera que tú lo hagas!
No he vuelto a ver una sonrisa como aquella; su mirada infantil quedó grabada en mi mente. Tras aquellos ojos negros profundos había mucho que decir. El idioma no era un problema, ya que aquella mirada no admitía dialectos ni traducciones, era clara y directa, simplemente pedía a gritos silenciosos una amistad.
Es aquí donde se rompe la barrera del idioma, huyen de mi mente las fantasías novelescas y empiezo a pensar qué puedo hacer para ayudar a un ser tan pequeño y frágil que a la vez resulta ser tan grande. Todo lo que acabo de decir que parece tan irreal, transcurrió en mi interior en tan solo unos segundos.
Resultaría fácil pensar en este momento, que todos los niños enfermos que estaban allí necesitaban ayuda, y es cierto, pero aquellos niños tenían con ellos a sus familias, y sus padres les estaban alimentando y cuidando, pero Najib no tenía a nadie; por supuesto que en la distancia había ocho hermanos y unos padres tristes que le querían, pero desgraciadamente los permisos de estancia y el dinero les hacían imposible el permanecer a su lado.
Así que Najib estaba esperando con impaciencia que alguien del personal de enfermería le diera su papilla de frutas; más tarde supe que era su preferida.
Pregunté a la supervisora si podía darle la comida yo misma. Al ver que todos estaban atareados, me dio permiso para hacerlo, me explicó que no había problema, que en ocasiones venía su abuelo a verle a 1a hora de comer. Él, había encontrado un trabajo junto a su mujer y eso le permitía poder pagar los gastos de un alquiler mientras Najib estaba ingresado. Me tranquilizó el saber que por lo menos tenía alguna familia cerca que se preocupaba por él aunque sólo pudiera ser de vez en cuando.
Los días para Najib iban transcurriendo con normalidad, unos días estaba más animado y otros días menos, su aspecto externo era el de un niño normal de meses, de rostro algo hinchado debido a la medicación a base de corticoides, hecho que no le impedía dejar de sonreír.
No dejaba pasar un día sin ir a visitarle, incluso llegué a ir días festivos aunque no me tocara trabajar; para mí, Najib era muy importante, como si fuera de mi familia; cada día íbamos haciéndonos más amigos; había conseguido un permiso para que pudiéramos salir a dar un paseo a días alternos por el recinto hospitalario, para relacionarse con el mundo exterior y respirar un poco de aire fresco; incluso el médico me comentó que había mejorado desde que tenía a alguien que estaba pendiente de él, y que si esta evolución continuaba progresando pronto le podrían dar de alta sin intervención quirúrgica.
Cada día que pasaba, para mí, iba perdiendo importancia el tecnicismo de la enfermería y recobrando más importancia el lado humano, el conocer a la persona que cuidaba y no sólo el ver su enfermedad, el escuchar y ser escuchado, el saber leer entre líneas y saber interpretar sus gestos y sus emociones y sobre todo a respetarle, porque, me doy cuenta que en ciertos momentos, estamos tan pendientes de hacer tan bien nuestro trabajo, que nos olvidamos que al otro lado de la sonda hay un ser humano que intenta decirnos algo, y no sólo con palabras.
Normalmente iba a visitarle durante un breve espacio de tiempo antes de la hora de la comida, de este modo le llevaba a dar un paseo y luego le alimentaba y permanecía a su lado hasta que se dormía, lo cual no tardaba mucho en suceder.
Casualmente la mañana de un martes acudí al hospital antes de lo previsto y decidí ir a saludarle fuera de la hora habitual. Al llegar a su cuna, vi que estaba vacía, al principio no parecía extraño, ya que podía ser que tuviera alguna prueba pendiente. Al poco tiempo supe que Najib había tenido una recaída y estaba en UCI; su estado era grave.
Tardé unos segundos en entenderlo. Mi primera reacción fue la que suele aparecer en la mayoría de lo casos en los que uno no quiere creer una situación: “la negación de lo evidente”. Najib se moría.
Supongo que la primera vez que se visita una unidad crítica como lo es UCI, siempre impresiona, y sobretodo cuando de niños se trata, porque en ocasiones nos resulta difícil imaginar que tras un centenar de conexiones, sueros y otras materias exista alguien de apenas unos días de vida.
Pude ver a Najib, y puedo asegurar que tampoco olvidaré aquel ser tan pequeño dentro de una campana de oxigeno, en sus grandes ojos donde siempre resplandecía una luz infinita, había tan sólo un diminuto resto de una tenue luz que iluminó en su día. Aquel niño inquieto con ganas de ver y tocarlo todo, que empezaba a dar sus primeros pasos, se había convertido en un ser inmóvil que a duras penas podía pestañear.
No podía entender el estado en el que se encontraba, en mi inconsciente le transmitía toda la fuerza que me era posible. “Lucha Najib, no te rindas”, pensaba que quizá, alguna de esas fuerzas llamadas sobrenaturales le haría llegar mi mensaje por medio de nuestras mentes
Aquél fue el primer día que lloré en mi profesión, lágrimas de miedo, de inseguridad, de desesperanza ante un pequeño gran corazón que se apaga, pero que lucha con tanta fuerza que cada día que pasa consigue vencerle una batalla a la muerte.
Mi impotencia hacía que me sintiera mal conmigo misma, tenía que pensar en algo que pudiera ayudar no podía pasar los días al lado de un cristal, esperando que ocurriese un milagro. El transcurrir del tiempo para Najib no dejaba de ser una monótona supervivencia, un día parecía recuperado y dos días después volvía a empeorar su estado.
Yo todavía no conocía a su familia, tan sólo veía a un hombre de avanzada edad que permanecía a su lado día y noche. Durante unos días no me atreví a decirle nada, entre otras cosas porque no pensé que yo pudiera darle fuerza en aquellos momentos, no sabía cómo afrontar la situación y creí más conveniente respetar su dolor y permanecer en silencio.
Un día de tantos que pasó Najib en UCI, pensé que lo único que podía hacer para ayudarle y sentirme mejor conmigo misma, era acercarme a su familia y prestarles mi apoyo haciéndoles saber que yo también estaba a su lado. El idioma no fue un problema ya que a veces las buenas intenciones prevalecen sobre las palabras.Sólo tuve que coger de la mano al anciano, y decirle quien era yo, y él con su poco español me dijo que ya lo sabía, y que tenía curiosidad por conocer a la joven que cuidaba de su nieto cuando él no podía hacerlo, después añadió unas palabras en árabe que no entendí, pero en su mirada llorosa pude ver signos de agradecimiento.
La única solución a la enfermedad de Najib, era una delicada intervención quirúrgica que, en caso de complicarse, podía dejarle sin habla para siempre. Por tanto, estudiadas todas las salidas y como única alternativa a la muerte llegó el día de la intervención quirúrgica. El tiempo continuaba avanzando sin pausa alguna, sin conceder una tregua, habían pasado seis meses desde su ingreso, el cual, se debatía entre “mejorías y empeoramientos”.
Con el tiempo fui conociendo al resto de su familia que se iban turnando para poder verle. Ellos aprendían a comunicarse en nuestro idioma muy rápidamente. Lo que más difícil les resultaba, era entender las explicaciones que les daban los médicos. Tengo que decir que cuando supe de la enfermedad de Najib, leí muchos libros para poder estar informada, y particularmente sobre las relaciones interpersonales, que era lo máximo en lo que podía colaborar en aquel momento. Y muchas veces el hecho de estar informada me sirvió para poder explicarle a la familia con dibujos lo que ocurría. Pasaba mucho tiempo con sus abuelos; nunca imaginé cuánto bien podía hacer simplemente escuchando sus inquietudes y permaneciendo a su lado demostrando que me tenían cerca en caso de necesitar ayuda.
Eso me hizo reflexionar mucho, porque en ocasiones en nuestra profesión, muchas veces debido al exceso de trabajo y la falta de cooperación entre el resto de profesionales del equipo multidisciplinario descuidamos a las familias de nuestros pacientes, y en ocasiones necesitan más ayuda que el propio implicado. Por tener una buena relación con las familias nunca nos imaginamos lo que podemos llegar a saber de nuestros enfermos para poder dar una mejor calidad de cuidados. En ocasiones una madre puede explicarle de modo especial unos cuidados a su hijo que nunca seríamos capaces nosotros de hacerle entender por muy buenos profesionales que seamos. Es mantener esa empatía con el prójimo, esa palabra que suena tan bien cuando estudiamos, y que creemos que nunca la vamos a llevar a la práctica. Es el saber ser y el saber estar.
La espera durante la intervención fue larga, los segundos se hicieron horas, pero valió la pena ya que fue un éxito. Poco a poco Najib fue recuperándose y haciéndose más fuerte cada día
Había transcurrido un año y medio de su ingreso cuando le dieron el alta hospitalaria, el servicio de neonatos le hizo una pequeña despedida, ya que fue un paciente muy querido en el hospital, hubo quien no pudo contener las lágrimas por su marcha, pero no eran lágrimas de tristeza, sino de alegría por alguien que había vencido tras haber luchado tanto.
¡Qué débiles somos los humanos, y qué valientes nos creemos en ocasiones!; ante una causa ajena nos hacemos los fuertes, y podemos vencer cualquier adversidad, cuando en realidad morimos por dentro. Este fue mi caso, y esta es mi historia.
Desde el punto de vista profesional no debí involucrarme tanto, pero lo cierto es que lo hice y no me arrepiento, el día a día cotidiano no nos permite implicarnos tanto con nuestros pacientes, en realidad tampoco resultaría saludable para nosotros mismos, ya que nos dejaríamos la piel en cada habitación, creo que el momento que yo actué así, fue acertado, porque aprendí mucho de la parte humana, de la significativa relación paciente-familia, de la importancia de saber entender cuando no hay palabras y sólo hay gestos, de ver al enfermo antes de la enfermedad y sobretodo a saber escuchar a la persona que me habla desde el otro lado; tal vez, una vez en la vida sea al fin y al cabo recomendable, porque ayuda enormemente a crecer como persona.
Hoy Najib tiene cuatro años y es un niño sano y feliz que vive en Marruecos con sus otros hermanos. En ocasiones su familia y yo mantenemos contacto por carta. Antes de marcharse a su país me regalaron un ramo de flores muy especial, del que todavía conservo una rosa seca que guardo como mi tesoro. Posiblemente él no me recuerde, pero yo cuando observo su flor, siempre recuerdo aquellos ojo profundos en una sonrisa frágil como el cristal.
En la actualidad hemos perdido el contacto, pero espero el día en que nos volvamos a encontrar aunque sólo sea en mis sueños o en los suyos.
Esta poesía la escribí para él:
Sentimientos de nostalgia
vuelven pronto a mi mente
siempre quedan existentes
vagando en el dolorRegocijan de alegría
al saber que ya no está
un amigo que tenía
y quería de verdad.
Marchóse muy contento
con altivo caminar
triste yo quedaba
sin poderme consolar.
¡Adiós mi querido amigo!
si no nos volvemos a cruzar
tu amistad fue seguro
lo que mejor pude encontrar
Vive siempre alegre
corre siempre feliz
que yo sin duda alguna
jamás te podré olvidar
-GRACIAS NAJIB por lo que aprendí contigo y por hacer que quiera ser mejor profesional cada día -
Eva