HISTORIA DE UN REENCUENTRO
Capítulo I
Eldohí era el peculiar nombre de un pequeño pueblo situado en medio de la nada, y fue allí donde Aldaya vio a Yair por primera vez. Sólo fue un momento pero en su interior supo que aquel instante no había sido casual por que ella sabía a ciencia cierta que todo estaba escrito. Sus miradas se cruzaron tan solo un segundo y lo que ambos nunca imaginarían era que aquel intervalo tan breve marcaría sus vidas quince años más tarde.
Aldaya era una joven de su tiempo, de ojos oscuros llenos de misterio y de cabello negro azabache que le daba a su tez aceitunada un aire gitano y a la vez salvaje.
Su mente llena de fantasías hacía felices a los demás sobre todo a sus abuelos ya que Aldaya era la única nieta de una longeva familia dedicada al trabajo ferroviario.
En realidad, Eldohí era el pueblo donde había nacido toda su familia. Los padres de Aldaya al igual que el resto de emigrantes se vieron obligados a abandonar sus hogares en busca de lo que llamaban la ciudad de las oportunidades; “Barcoi” donde Aldaya había nacido.
Una vez al año coincidiendo con la época estival los padres de Aldaya acudían a visitar a sus mayores y fue uno de esos veranos cuando Aldaya y Yair cruzaron sus miradas.
No dijeron nada, tan solo se miraron, y aquel detalle quedó marcado en el aire del frío pueblo de Eldohí.
Transcurrido el mes de verano llegó el momento en que Aldaya tuvo que regresar con su familia a Barcoi su ciudad natal donde fue creciendo y convirtiéndose en toda una mujer.
Los años fueron transcurriendo en Eldohí con sus calurosos veranos y fríos inviernos pero nuestros protagonistas nunca se volvieron a encontrar hasta varios años después. Más tarde se sabría que él recordaba todavía su negro pelo impregnado de vitalidad y su mirada de ojos inquietos que llevaba escritas tantas vivencias.
Con los años Aldaya se había convertido en una joven valiente dispuesta a conquistar el mundo con sus ideas y a luchar a favor de la revolución de las mentes, para ello había decidido emprender un largo viaje del cual volvería totalmente transformada.
El verano anterior a su marcha ella decidió permanecer unos días en Eldohí donde reflexionaría a cerca de su viaje. Por aquel entonces se celebraba la fiesta del trigo a finales de agosto y Aldaya y sus amigas acudieron a dicha fiesta.
Fue entonces cuando le reconoció. Él había cambiado notablemente pero sus ojos seguían ejerciendo aquel imán que un día hizo que sus miradas se encontrasen en el silencio de una oscuridad todavía latente.
Intercalaron unas palabras de cortesía para presentarse el uno al otro. La conversación fue sobria y discreta, en realidad, ninguno de los dos supo que decir.
Nada ocurrió aquel día o quizá en el inconsciente de ambos una amistad especial llena de acontecimientos empezaba a forjarse.
Los días fueron pasando y aquella amistad iba creciendo al igual que una pequeña semilla despacio pero con pasos firmes.
Tras un largo meditar sobre aquel viaje que se debía emprender llegó el día en que Aldaya decidió marchar muy a su pesar. Ese largo viaje había sido soñado muchas veces y ella debía seguir su instinto.
Ambos tuvieron que despedirse aunque no lo hicieron sin prometerse que se escribirían alguna vez. Incluso como presente, el se comprometió a realizar una escultura como sinónimo de amistad ya que Yair trabajaba el mármol en una empresa marmolera que sustentaba el pueblo.
Aquel año fue muy duro para Aldaya porque aquel viaje significaba alejarse de su familia, amigos y aquellas cosas que le hacían disfrutar del tiempo, pero las cartas de Yair conseguían hacer menos dura su estancia lejos de casa ya que siempre se encontraban en sus escritos palabras de ánimo que aceleraban el tiempo y disminuían aquella ansiedad y solitud que produce la lejanía y lo desconocido.
Sin ella darse cuenta, aquella experiencia había representado la madurez, la satisfacción personal, el descubrimiento de ella misma y el saber que no debía de tener miedo a nada. Para Yair fue un año más, aunque lleno de dudas respecto a sus sentimientos.
Los meses fueron pasando y el año acabó favorablemente, Aldaya hizo muchos amigos en aquella tierra lejana, amigos de corazón aunque ella sabía con tristeza que nunca los volvería a ver.
Pero el objetivo se había cumplido, su permanencia en una ciudad extranjera culminaba con una graduación de éxito.
Se acercaba el tiempo de regresar a su ciudad y con ello aumentaban el deseo de volver a ver todo aquello que había dejado atrás.
El calor dejó una profunda huella aquel verano que coincidió con su regreso. Aquel bochorno ejercía un fuerte poder sobre los seres vivos, era imposible pensar y concentrarse, dormir y relajarse, era uno de aquellos veranos en los que las criaturas vivientes van en busca de un lugar más cálido. Por eso Aldaya tras permanecer unos días en Barcoi decidió pasar sus vacaciones en Eldohí con el resto de su familia.
Un día después del regreso a su pueblo, Aldaya coincidió con Yair en una calle, ambos se sorprendieron mucho de aquel encuentro y decidieron volver a verse para conversar y contarse todas aquellas aventuras que habían sucedido durante el año.
El lugar elegido para su encuentro fue una pequeña cafetería llena de espejos donde el café oscuro y espeso permite que pasen las horas sin dejar de disfrutar de su aroma.
Hablaron largo y tendido sobre aquel año que acababa de transcurrir, el tiempo resbalaba sobre las agujas del reloj y ellos no parecían apreciar que la madrugada les había tapado con su manto.
Yair la miraba callado sin dejar de escucharla y finalmente se decidió a entregarle una preciosa escultura de mármol que una vez le había prometido. Era una escultura que simbolizaba un pájaro. Era de relieve sencillo pero muy elaborada, de colores azules, negros y marrones que transmitían serenidad.
Ella pensó que era la escultura más bonita que había visto jamás. Se emocionó con aquel presente aunque intentó disimularlo todo lo posible para que él no pudiera apreciarlo pero la alegría le embriagó y en su interior derramó un lagrima.
A medida que iba pasando el tiempo algo iba creciendo en el interior de Aldaya. Ella intentaba convencerse de que solo existía amistad entre los dos, se negaba continuamente a que algo surgiera entre ambos: ¡no podía ser! Se repetía a sí misma. Ella tenía un camino que seguir, una misión que desempeñar, había pensado encontrar un trabajo fuera de su ciudad, en definitiva, marcharse lejos, desaparecer.
Hasta que una tarde, algo extraño ocurrió, aquella tarde de verano era distinta...